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EN LIBERTAD EL 31 DE OCTUBRE 2013

La Carcel no sirve para reinsertar

El Ciervo 642-643A la cárcel van las personas que han cometido una fechoría. Allí pasan un tiempo y cuando salen se reincorporan a la sociedad a una vida normal. Esto es lo que en principio todos creemos. Sin embargo, no es exacto. Parece que la cárcel no ayuda -o mejor, ayuda poco- a preparar a los presos para reincorporarse a la vida en sociedad; más bien al contrario. Para averiguar por qué ocurre y cómo podríamos mejorar nuestro sistema penitenciario hemos invitado a la socióloga experta en cárceles Elisabet Almeda, la abogada Joana Rubio y el médico Marc Rovira. Estas son sus valoraciones y soluciones.



Jordi Pérez: Una encuesta reciente en California muestra que el 60 por ciento de los ciudadanos creen que la prisión para delitos relacionados con drogas o contra la propiedad no sirve para nada. Más bien al contrario, hace reincidir al preso. ¿Estáis de acuerdo?
Marc Rovira: Yo estaría parcialmente de acuerdo. La cárcel es un medio poco terapéutico y difícilmente rehabilitador.
Elisabet Almeda: La pregunta de esa encuesta es esencial, porque un 90 por ciento de los hombres y un 97 por ciento de las mujeres que están en prisión es por drogas o delitos contra la propiedad. Para mí, con mi experiencia de investigadora, el encierro de un toxicómano o de alguien que ha delinquido contra la propiedad (que muchas veces está motivado por la droga) en una prisión hace imposible su reintegración en la comunidad. Así que pienso que no sirve de nada privar de libertad a una persona enferma -que eso es en el fondo lo que es un toxicómano.
Joana Rubio: A mí me parece patético que a estas alturas de siglo no se nos haya ocurrido otra forma de satisfacer a la sociedad cuando alguien ha delinquido que la de castigarlo en un espacio cerrado. Eso lo aísla de la sociedad y en muchos casos le impide volver a sentirse parte de ella. Cualquier solución que pase por privar de libertad a una persona me resulta muy primaria. Obviamente, el objetivo del encierro es evitar que la persona vuelva a delinquir y reeducarla según las pautas de comportamiento que la sociedad considera adecuadas. Pero lo que ocurre es que esa buena fe inicial no va de la mano del resultado final. Dentro, lo único que un preso hace es relacionarse con gente con otros problemas, y ya lo dice el saber popular: sale sabiendo más que cuando entró.
E. Almeda: Los legisladores españoles perdieron en el año 95 con el nuevo código penal una oportunidad de desarrollar medidas alternativas a la prisión, algo que desde los años 70 se está haciendo en toda Europa, incluidos Portugal o Grecia. Son medidas que el juez puede aplicar como una alternativa antes de la sentencia firme. En España ese Código Penal del año 96 contempla sólo tres o cuatro medidas alternativas que se están aplicando muy poco y que no tienen mucho sentido. El problema básico es que las prisiones son invisibles en nuestro país. Desde la democracia, se han hecho cosas en salud, en educación; en cambio, en las prisiones como mucho se han mejorado las infraestructuras, pero ¿cuántos profesionales hay en prisión? Un psicólogo por cada 300 mujeres o dos educadores por cada 250 presas. Según la ley penitenciaria, la finalidad de la prisión es reintegrar, pero los profesionales de tratamiento son una minoría y les faltan recursos. Así que la cárcel no reinserta y si alguien lo consigue es a pesar de la cárcel. Y además las cárceles están más llenas, ya que cada vez se criminalizan más conductas.
Cada vez hay más presos
Jordi Delás: Es una espiral creciente: cada vez ingresa más gente en prisión. En Cataluña, por ejemplo, cada mes ingresan cien nuevos reclusos. Tendríamos que preguntarnos qué pasa. Una posible respuesta sería que hoy hay sistemas más eficaces de detención, como la policía, o que las nuevas tipologías de delitos, como el ecológico o el énfasis contra los delitos contra la mujer o económicos, hacen aumentar los reos. Pero no es significativo. La verdadera reflexión debe ser: ¿hacia dónde vamos? Si habláramos por ejemplo de vender coches estaría bien si día tras día vendiéramos más. Pero con presos, no. Debiera ser al revés. La vida real se está ‘delincuentizando', si se puede decir así, con todo lo que ello implica por ejemplo de costes y de mantenimiento de los derechos de estas personas. La reflexión pues debe ser: si cada vez tenemos más gente en la cárcel, es que algo no va bien. La mayoría de delitos nuevos viene por dos circunstancias: los cometen extranjeros o están relacionados con la droga. Deberíamos intentar que las cárceles dejaran de ser un tema tan sensible en la sociedad y conseguir analizarlo con frialdad para ver que no se puede seguir así y que hay que buscar alternativas.
J. Rubio: Me gustaría señalar un cuestión importante. Las modificaciones del Código Penal han criminalizado muchas actuaciones, por ejemplo, un abandono de familia, es decir, el impago de una pensión de alimentos también está penalizado con prisión. Parece que ésta fuese la única medida posible.
E. Almeda: Y encerrar hoy a una persona en España cuesta 1.800 euros al mes. Con ese dinero se podrían desarrollar tres o cuatro alternativas por persona mucho más baratas.
J. Rubio: Es justamente lo que decía. Políticamente es muy rentable criminalizar determinadas actuaciones legislativamente.
E. Almeda: Por cierto, cuidado con decir que los extranjeros incrementan la población penitenciaria, porque aunque representen ya el 25 por ciento, su delito principal es ser ilegal.
M. Rovira: En centros preventivos hay muchos más. En el centro penitenciario de hombres de Barcelona, diría que hoy los preventivos -los que están en espera del juicio- extranjeros son un 70 por ciento. De los ingresos que hago en la cárcel los sábados la mayoría de ellos están detenidos por delitos contra la propiedad o por delitos relacionados con el mundo de la droga. Con el problema añadido de la falta de intérpretes.
E. Almeda: Sí, pero esos son preventivos. Si tú miras los penados, cambia. Es ahí donde está la trampa. Los presos penados extranjeros no son el 70 por ciento, sino el 25, que igualmente es mucho, porque hace diez años eran sólo un 8 por ciento.
J. Rubio: Y es más si lo comparas con la población extranjera en España, que representa el dos por ciento.
J. Delás: Corregidme si me equivoco pero parece más fácil acabar en la cárcel si eres extranjero que si eres español. Porque a veces hay gente que no puede pagar una multa de 200 euros y en consecuencia tiene que ir a la cárcel. Aquí cualquier familia se hubiera apañado para conseguir ese dinero. Así que diría que quizá es más fácil que acaben en la cárcel por su falta de recursos.
La cárcel perjudica la salud
J. Pérez: Habéis dicho que dentro de la prisión, las cosas normalmente empeoran. ¿Por qué?
E. Almeda: No es tan fácil, no se puede decir así. Mejor decir que si uno se reinserta, no es ‘gracias a' sino ‘a pesar de' la cárcel. Es decir, se reinserta por la familia, porque unos profesionales le han ayudado, ha conseguido un taller. Para reinsertarse al salir es básica la red, en el sentido de comunidad, aquel que tiene un amigo, la vecina, la tía, la pareja.
J. Pérez: ¿El sistema penitenciario tiene poco que ver en la recuperación del preso?
E. Almeda: Es que la prisión tal y como está hoy en día tiene unos efectos inherentes perversos: encerrar a alguien crea problemas psicológicos anexos, lo que se llama la ‘prisionalización'. La prisión ya es negativa en sí misma, y si encima los presos proceden de ambientes marginales o excluidos -donde la igualdad de oportunidades no existe-, en lugar de reintegrarlos y darles herramientas, crea problemas.

M. Rovira: Privar de libertad es una forma de muerte, ya que restringimos uno de los principios de la dignidad. Hay una mala profesionalización dentro de los centros, seguramente porque hay un sentimiento de frustración. Yo sería incapaz de trabajar los 365 días del año. Una anécdota que me pasó en la guardia de 24 horas del pasado sábado, de unas 80 asistencias. De esas 80, la única que fue una urgencia, la realicé a un enfermo de artritis séptica a las dos de la madrugada, cuando el funcionario no sabía si despertarme o no para atenderle. Y era necesario porque el chaval estaba a 39º de fiebre. Mientras, las otras 79 asistencias fueron problemas relacionados con medicación psicotrópica o problemas que justificaran la baja en celda para que los presos pudieran quedarse en ella en lugar de salir al patio a pleno sol. Desde un punto de vista sanitario nuestro rol consiste en tutelar la salud del interno, y esto implica la supervisión de las sanciones. En ocasiones te identifican como elemento represor, ya que en tu mano está el disculparlo de cumplir determinadas órdenes regimentales por motivo de salud.
E. Almeda: Tendríamos que distinguir también entre las cárceles pequeñas, generalmente antiguas, y las macrocárceles. Por ejemplo, la Modelo, cárcel de 1904 para 700 presos, tiene hoy recluidos a unos dos mil y pico: siete por celda. A pesar de ello, y lo he visto en mis investigaciones, algunos presos prefieren ir a la Modelo porque tiene la inercia de las viejas cárceles, que funcionan desde hace mucho tiempo, que están en el centro de la ciudad, que facilitan la reinserción y, por sus dimensiones, permiten más contacto entre los mismo internos y se crea un sentido de comunidad. Al contrario, las macroprisiones de la década socialista de los 80, como Quatre Camins, Brians, Alcalá de Guadaira, Topas, Brievas o Soto del Real -con capacidad para unas 1.500 personas- son cárceles con tecnología punta, un control muy riguroso. Aquí no hay contacto entre los carcelarios y los presos o entre los mismos internos.
M. Rovira: La población de internos dentro del centro de preventivos es más dinámica, y también hay una distribución en comunidades en función de su origen, que les permite una mayor sociabilización. Dentro de las galerías de la Modelo están las subpoblaciones de los paquistaníes, de los magrebíes, etc.


Un día en la cárcel
J. Pérez: ¿Cómo es un día en la vida de un preso?
E. Almeda: Al preso primero hay que colocarlo en primer, segundo o tercer grado; la mayoría está en régimen ordinario o segundo grado.
J. Pérez: ¿Los grados dependen del peligro del preso?
E. Almeda: Sí. Pero la mayoría van al ordinario -el segundo. Habitualmente su régimen de vida es el siguiente: se levantan hacia las siete y media, desayunan y después participan en talleres o la escuela -que es quizá lo que funciona mejor-, a muchos presos les sirve para aprender a leer y escribir. Por la mañana hacen también algún programa de toxicomanía o deportes con el equipo de tratamiento. Luego, cada galería tiene su propio patio y comedor. Todo está clasificado.
J. Rubio: Hay que explicar que un preso preventivo -a la espera de condena- no está calificado y consecuentemente, no tiene acceso a las prestaciones de la prisión ni puede acceder a todos los espacios. El preso que cumple una condena en firme, con juicio, pasa a formar parte de la población penada, con su estadística cruda. Entonces tiene ya su baremo y liquidación de lo que ha cumplido y lo que le queda. Recuerdo la primera vez que leí una hoja de liquidación de condena, me recordó un extracto de un banco y decías ¿pero estoy hablando de días de vida de una persona?
J. Pérez: ¿Y la actividad que hace cada cual en la cárcel la escoge el preso?
E. Almeda: No. Lo escoge el equipo de tratamiento. A ver, en una cárcel está el equipo de régimen, que son los que tienen básicamente el objetivo de hacer cumplir la custodia y la disciplina. Y luego está el equipo de tratamiento, cuya finalidad es organizar las actividades y los programas para conseguir la reintegración. Este segundo equipo está formado por un psicólogo, un médico, un criminólogo, un educador social, un trabajador social y un monitor de deportes, y algún otro profesional. Cada uno de estos equipos lleva aproximadamente 200 presos.
J. Pérez: ¿Y el equipo de tratamiento qué hace?
E. Almeda: El médico entre otras cosas receta medicamentos, pero el psicólogo y el criminólogo cogen a cada uno de los presos y por ejemplo les dicen: ‘A ver, tú estas en la cuarta fase de tu condena de segundo grado. Ahora puedes ya salir de permiso, aunque como no has cumplido lo que acordamos -falta de visitas, sanciones disciplinarias, falta de asistencia al taller-, tienes una sanción'.
J. Rubio: Tiempo atrás, cuando no se ganaban tantos votos diciendo que alguien cumpliría toda la pena, existía una condonación de la pena, mediante la que por cada día que cumplías condonaban dos. Con la aprobación del código el año 96, se restringió esta situación y se transformó en la fórmula: ‘Cuanto más activo seas, más te condonaremos', aunque parece ser que no fue acompañado de un incremento de las actividades. No hay mucha oferta de actividad y además están alejadas de la realidad social.
J. Pérez: ¿Y a partir del 96 cómo se hace la reducción de pena?
J. Rubio: Existen una serie de trabajos y cursillos con los que uno parece ganar créditos. Pero no tantos como antes.
E. Almeda: Y eso que es un código penal aprobado por los socialistas en el 95. Los delitos contra la salud pública pasaron de seis a nueve años. Así, el pequeño tráfico de drogas que en muchos casos cometen las mujeres está mucho más penado.


Nueve años para la mula
J. Rubio: Comparativamente hablando la pena que se aplica en un caso de tráfico de drogas, en función del tipo y cantidad de drogas, es comparable con la que conllevaría un homicidio. Este es el caso de las personas que son detenidas, por ejemplo, en el aeropuerto con droga en el interior de su organismo, también conocidos como bolilleros.
E. Almeda: También se les llama correos o mulas, que son en muchos casos mujeres colombianas que llevan dos o tres kilos de droga a otro país por dinero, y que tienen que enfrentarse a nueve años de cárcel. Mientras sigamos siendo incapaces de crear un castigo más humano que las cárceles, deberíamos imponer un derecho penal mínimo sólo para los delitos en que de momento, por nuestra falta de conocimiento, no encontremos soluciones.
J. Pérez: ¿Así que a un asesino en serie le caen diez años y a una mula, nueve?
E. Almeda: Sí, y eso que para la mula, normalmente, ese es su primer delito, es madre soltera, huye de la necesidad; simplemente necesita el dinero para su familia o para pagar una deuda, y le han ofrecido una cantidad elevada de dinero. Ella es el último eslabón en la cadena pero es a la que detienen con los chivatazos. En Barajas, los policías la están esperando y a su lado se cuela otro con la maleta llena de droga, que es el verdadero alijo que entra.


J. Rubio: Uno de los últimos casos de derecho penal que llevé fue el de un chico colombiano que venía con 900 gramos de bolas de cocaína en el cuerpo. Y el propio policía hablaba con él muy educadamente diciéndole: ‘Tú eres el último mono; sabemos que antes o después de ti ha pasado uno con bastante más de lo que tú llevas'.

E. Almeda: Las mulas, una vez detenidas, pasan a prisión preventiva. Les dan la sentencia firme al cabo de un año y medio y, como no conocen a nadie para aprovechar los permisos de fin de semana, no salen hasta al cabo de cinco años, excepto en los casos en que alguna asociación -normalmente de monjas- se ocupa de ellas. Tras los nueve años, si acreditan que tienen novio o novia, que trabajan y que está empadronada en un barrio, el juez puede hacer la vista gorda y dejarle cumplir aquí la libertad condicional. Pero a la mayoría las expulsan. Es decir, estamos pagando 1.800 euros al mes durante nueve años para que luego las expulsen.
J. Rubio: El extranjero cumple dos condenas: primero en prisión y luego otra por ser extranjero. Y eso que uno de los principios del código penal es no permitir la doble condena. O sea que no sólo los metemos en prisión por el delito que han cometido, sino que como han entrado de forma ilegal los expulsamos, lo que constituye dos condenas.
E. Almeda: Hay que aclarar que en los casos en que la pena es menor de seis años, te expulsan directamente y no te meten en la cárcel. Pero si es mayor, como en el caso de las mulas, te meten en la cárcel y luego te expulsan.
J. Pérez: ¿Pero si las expulsan directamente, al llegar a su país van a la cárcel?
E. Almeda: No. Las extranjeras presas representan el 22 por ciento de la población reclusa, de estas el 90 por ciento son colombianas, el resto ecuatorianas y alguna filipina.
J. Pérez: Es decir, casi todas las presas extranjeras son mulas.
E. Almeda: Todas. Los hombres en cambio son sobre todo magrebíes y latinoamericanos. En los hombres no hay mulas, sino que son traficantes ilegales que ya ‘trabajan' aquí.La droga en España
J. Delás: A mí me gustaría hablar de cuando la droga ya está en España y cómo se trafica en nuestras ciudades. Porque el tráfico de drogas a pequeña escala está tolerado. Es decir, en todas partes hay al­gún barrio o zona identificadas donde los camellos venden sin problemas. Estos venden a personas adictas que necesitan unos 30 euros diarios para obtener la dosis de droga. Así que toleramos la compra­venta de droga sabiendo que ese dinero procede de limosnas, prostitución o, en la mayoría de casos, delincuencia. Así que podemos acabar diciendo que los trafican­tes son terapeutas, porque si ahora hicieras una redada y todos los vendedores des­aparecieran, se crearía un caos: los adictos no tendrían droga. Desde un punto de vista realista, la suma de recursos que tenemos más el tráfico tolerado de drogas da como resultado el statu quo actual. Y esto es muy fuerte.
M. Rovira: Es cierto que hay una cierta tolerancia con la droga. Sobre todo para evitar los conflictos: si toleramos los vendedores nos evitamos problemas con los drogadictos. Algo parecido sucede en los centros penitenciarios. Del mismo modo, hay también un rechazo desde el asociacionismo vecinal contra la aparición de nuevos centros de rehabilitación. En Barcelona hubo un caso en un barrio dónde el Ayuntamiento quiso instalar un centro de seguimiento de toxicomanías. Los vecinos se rebelaron hasta llegar a tapiar la puerta. Como resultado se limitó el centro al tratamiento de la adicción al alcohol y al tabaco. La decisión municipal incial era acercar el centro rehabilitador y de tratamiento a la población con proble­mas de droga. El alejarlo de su residencia es poner más trabas a la difícil rehabilitación. La clave es integrar. El enfrentamiento a las asociaciones de vecinos hace perder votos a los responsables del distrito.
J. Pérez: Pero es mucho más barato que mantener a un preso.
E. Almeda: Sí, pero si tú no lo expli­cas, la gente siempre preferirá tenerlo en­cerrado. Una vez con unos estudiantes hice una encuesta. Explicábamos lo caro que era encerrar a alguien en la cárcel y lo barato que era mantenerlo en un piso tute­lado. La mayoría de los encuestados se replanteaba sus opiniones.
J. Pérez: Sí, pero si les decías que el piso tutelado estaría en el mismo rellano que el suyo, ¿qué decían?
E. Almeda: Pues les decía que en Richmond Park, el barrio rico de Londres, donde votan a los conservado res, algunas familias acogen a un chico o chica que cumple una medida alternativa, como trabajos para la comunidad: ayudar a pintar la casa, arreglar el jardín comuni­tario. Por eso también en España estamos en el año de la catapún. Falta sensibilidad.
J. Pérez: ¿Cuál sería la solución para recuperar los guetos donde se trafica?
J. Delás: Requiere un esfuerzo presu­puestario. Cuando alguien publica que hay una gran lista de espera de prótesis de rodilla o de cataratas, la Administración corre a subsanarla. Pero como de las listas de espera de los drogadictos nadie se queja, pues no se arreglan. ¿Y qué se hace? Pues mantener el statu quo. Si analizamos la política de drogas en España de los últi­mos quince años seguirá en gran parte igual. Y no se soluciona debido a la falta de presión social. La solución pasa pues por el aumento de la inversión en el as­pecto social.
J. Pérez: ¿Pero cómo haces que un drogadicto acuda al centro?
J. Delás: Pero el problema es que si hoy alguien decide que está harta de dro­garse y ve como su solución el tratamiento debe saber que la lista de espera superará el mes, como mínimo. Pero encerrarlo en la cárcel tampoco es solución. Hace dos años, alquilar una inyección en prisión costaba 12 euros pero eso implica que antes la aguja la ha utilizado otra persona. Esto supone un riesgo muy elevado en transmisión de enfermedades como la hepatitis C, altamente contagiosa.
M. Rovira: Aquí nos encontramos con un problema de prevención y tam­bién es un papel importante sanitario penitenciario el diseñar e implantar pro gramas preventivos. Hay que evitar que el preso salga de la cárcel encima con otras patologías.
J. Pérez: ¿La única solución para que alguien abandone las drogas es que un día se levante y diga: ‘quiero dejarlo'?
M. Rovira: Por supuesto.
J. Rubio: Yo que soy fumadora sé que no sirve de nada que alguien me diga que debo dejarlo. Tiene que salir de mí. Debemos ir de abajo arriba. A mi hija de 11 años quiero poder enseñarle lo crudo que es la droga. Si tú vas a una reunión de padres y los únicos temas que aparente­mente preocupan son la organización de los aspectos lúdicos y festivos, me parece patético. Los padres tienen que preocu­parse de enseñar los aspectos duros de la vida a sus hijos, en su beneficio. Hay vídeos que un niño de seis años no puede ver, pero uno que ya empieza la Eso, ¿por qué no? Desde el principio nos tienen que enseñar a todos.
E. Almeda: Hay que hablar con la gente del barrio. Tenemos unos políticos que no están preparados para dialogar, para explicar a la gente el problema que tenemos.
M. Rovira: Es mucho más compli­cado. Imponer un programa diseñado en cualquier despacho es mucho más fácil que recoger cuáles son las necesidades. Como ocurre por ejemplo con el conflicto de los `sin papeles'. Con dificultad se acer­cará a un centro cuando tiene otros pro­blemas más emergentes y urgentes, en muchas ocasiones su problema con la droga es de reciente debut en nuestra sociedad de acogida.
J. Rubio: El problema central es que todo el mundo sabe que existe la delin­cuencia pero cuando se trata de debatir nos quedamos en la superficie. Hay temas que no son gratos, v precisamente por eso la sociedad quiere encerrar y olvidar a los presos v; si es posible, tirar la llave.
E. Almeda: La prisión es el reflejo de la sociedad, es un espejo. Y está claro que nuestras cárceles no funcionan y así lo demuestran los informes internacionales y los del Defensor del Pueblo: las cárceles en las condiciones que están no pueden rein­sertar. Desde la democracia en España se han hecho cosas en diferentes ámbitos pero las prisiones están olvidadas. En el mundo académico, yo me he sentido en soledad absoluta: no hay ningún interés en investigar las prisiones, no se dan recursos, es muy difícil que te den permisos para entrar en ellas. Hay muy poca trans­parencia por parte de las administración y como la sociedad vive de espaldas a las cárceles, nadie hace nada para que eso cambie, nadie Quiere saber cómo se gastan nuestros impuestos en las prisiones. El retraso se debe en parte, quizá, a los pocos años de democracia y por ello la sociedad no se ha movilizado.
La cárcel no es eterna
J. Pérez: Sin embargo, la cárcel histó­ricamente ha sido un progreso.
E. Almeda: Sí, la cárcel como tal nace en el siglo xvIIi. El primer código penal que definió la prisión fue el francés a finales del xvm y fija que la pena pri­vativa de libertad debe ser la pena por excelencia para castigar al que infringe una norma.
J. Pérez: Pero fue un paso adelante porque antes se les cortaba la cabeza.
E. Almeda: Claro. Antes era castigo físico y ahora se aspira a corregir a quien haya delinquido.
E. Almeda: Y en los años 70 todo esto explota y se da el auge de las medidas alternativas, pero España se queda fuera de esta tendencia.
J. Rubio: Siempre se habla de medidas alternativas, pero el código penal habla de medidas sustitutivas.
E. Almeda: La trampa es la siguiente. En las medidas alternativas, si las incum­ples la amenaza no es la cárcel. En cambio, en las sustitutivas, sí, con lo que prevalece la amenaza de prisión. Hay sectores más críticos que dicen que las medidas alterna­tivas son las alterativas, es decir, las que alteran mediante la modificación de las causas: la pobreza y la desigualdad. La po­lítica penitenciaria y criminal que es nece­sario hacer es la política social. Los países del norte de Europa ya la han aplicado: más políticas sociales, menos reclusos, esto es una regla de tres exacta. Lo mismo para el profesional. Las medidas alternati­vas mejoran su trabajo, ya que trabajar en prisión con las condiciones actuales es degradante para el funcionario.
J. Pérez: ¿ Cuáles son las penas alter­nativas?
E. Almeda: La libertad de prueba, el trabajo en la comunidad.
J. Pérez: ¿Qué es la libertad de prueba?
E. Almeda: Primero tengo que decir que los países que desarrollan medidas alternativas son los que tienen un Estado del bienestar muy desarrollado, con muchos médicos y asistentes sociales. Estos países tienen personal para des­arrollar alternativas. Por tanto, primero hay que desarrollar profesionales. En cuanto a penas alternativas, para mujeres, en muchos países de Europa, si es un pri­mer delito, la pena es de menos de cuatro años y si tiene hijos menores de tres años, directamente se le asigna una libertad a prueba, que consiste en suspenderla pena y diariamente asistir a un curso, donde aprende peluquería o lo que sea. O por ejemplo si cuida bien de los niños y los lleva arregladitos al colegio no entrará en la cárcel. Cosas así. Tened en cuenta que la mujer que entra en prisión tiene cargas familiares y que si pones a la mujer en la cárcel, entra toda la familia en la prisión. Hay un abanico de posibilidades. En drogas, por ejemplo, la alternativa son los tratamientos. En Holanda cada dro­godependencia tiene su tratamiento.
J. Rubio: Cada caso tiene sus pro­pias opciones de rehabilitación.
J. Pérez: ¿Qué medidas alternativas hay hoy en España?
J. Rubio: Una es la condicional o a prueba o también llamada suspensión ordi naria. Si el delito es d menos de dos años y la persona no tiene antecedentes penales, el juez tiene la potestad de suspender la ejecución de la pena durante el tiempo que él establezca. Esta es la ordinaria, es decir, que si en tres años no reincides, estás libre; en ese tiempo sólo tienes que ir al juzgado a que te pongan un sello. Existe otra medida específica introducida en el código penal del 96 para los drogodependientes que consiste en sustituir el ingreso en prisión por el tratamiento de desintoxicación con condiciones: que no seas un reo habitual, que no tengas otras condenas. Aunque todas son condicionadas: si tú haces esto, no entras en prisión; pero si no cumples, entras.
¡Qué buen aspecto tienes!
J. Delás: A veces una persona que has conocido, la ves salir de la cárcel y dices: ¡Caramba, qué buen aspecto tienes! Y realmente ha aumentado de peso, tiene un aspecto más saludable, unos ojos más abiertos. ¿Qué ha pasado? Pues que comía cada día, en principio no había droga, y ha hecho un tratamiento por ejemplo con metadona. ¿No tenemos una institución en la que esa persona pueda comer, dormir, un techo, sus pertenencias y donde se puedan tratarsus enfermedades? No por fuerza este lugar debiera ser una cárcel.
J. Pérez: ¿Una prisión abierta?
J. Delás: Sí, que no dependiera de instituciones penitenciarias sino de servicios sociales.
J. Rubio: Me parece que con lo que decimos se nos puede tachar de utópicos. Yo creo que lo más importante es la individualización. Cada persona es un mundo, un caso muy concreto. La aplicación de un genérico de tipo penal -una persona por haber hecho tal cosa merece tal pena- puede hacer pensar que se olvidan las características de cada cual. Olvidamos cómo ha ocurrido el delito, las características de la persona. No metamos al delincuente en un cajón para cerrarlo con llave. Mi opinión es que sería muy conveniente por ejemplo que los informes médicos de un detenido estuvieran centralizados para que el abogado pudiera acudir a ellos como si de un informe clínico se tratara y demostrar que en tal causa su defendido era irresponsable penalmente. Sería más justo y más personalizado, algo así como un abogado de cabecera: un abogado que tuviera centralizados los expedientes. Por ejemplo cuando me llamaban de una comisaría para asistir a un detenido, le preguntaba si tenía algún informe médico: ‘Sí -decía-, pero no sé dónde está'. Le pedía al menos el nombre del médico: ‘Manolo', respondía. Son situacion dantescas, porque si el abogado pudiera tener todos los informes podría intentar que se aplicase a su defendido algún atenuante. Hay que individualizar sobre todo la forma de aplicar la pena; hay que tratar mejor a los presos.

Para que sirve la prision en Mexico?

En apenas 25 años la población reclusa ha pasado de 18.583 a 60.431 personas
¿Para qué sirve la prisión?

APDHA / Colateral


Hoy, como siempre, la cárcel sirve ante todo para encerrar a determinadas personas (y no a otras). Y parece servir bastante bien si nos atenemos a la evolución de los datos que reflejan el promedio de población encarcelada año por año en nuestro país.En apenas 25 años, hemos pasado de tener una población reclusa de 18.583 personas, a las 60.431 personas presas de la actualidad, más de tres veces la cifra anterior. Salvo dos momentos en que se produjeron significativos descensos: en 1983 con ocasión de la Reforma de la ley de enjuiciamiento criminal por la que se introdujeron topes máximos para la prisión preventiva, que supusieron la salida de muchos presos preventivos, y en 1995 con motivo de la Reforma del Código Penal que obligó a acomodar las sentencias antiguas a la nueva legislación, por lo que al revisar las sentencias anteriores, algunas personas quedaron excarceladas2, lo cierto es que prácticamente desde 1980 hasta ahora la población carcelaria no ha parado de crecer. Es verdad que a este incremento habría de restársele el efecto del crecimiento de la población española que si en 1980 era de 37,4 millones de habitantes, ahora es de 43,2. Sin embargo, si en lugar representar valores absolutos representamos tasas de personas presas por 100.000 habitantes, lo cierto es que la curva presenta un perfil muy semejante, habiendo pasado de una tasa de 50 a otra de 136 en 2004, y que superaría el 141 con los datos actuales a finales de 2005.

Digamos que la tendencia a la encarcelación presente en la sociedad española que reflejan estas tasas se ha multiplicado casi por 3 en los últimos 25 años. Las razones de esta evolución son difíciles de precisar con exactitud a falta de un análisis más exhaustivo y detallado para el que carecemos de datos más precisos, sin embargo parece que en este resultado constatable del incremento exponencial del número de personas presas se dan cita circunstancias como: la tendencia a imponer sentencias más largas a determinados delitos, el aumento de personas condenadas por delitos violentos (violencia de género, por ejemplo), el incremento en el uso de la prisión preventiva, la prolongación del período de cumplimiento en régimen cerrado y la escasa utilización de las medidas alternativas a la prisión que se hace por parte de los jueces, cada vez más presionados por una opinión pública muy condicionada y exigente debido a la utilización escandalosa que se hace en los medios de comunicación de determinados sucesos delictivos puntuales y lamentables en los que intervienen reclusos que se encuentran de permiso o en tercer grado. No obstante, conviene recordar que en una sociedad como la nuestra, marcada por la desigualdad económica y las llamadas constantes al consumo compulsivo de bienes materiales, la mayoría de los delitos que se cometen, al menos si nos atenemos a las cifras de delitos conocidos por la policía3, son, como no deja de ser lógico, delitos contra la propiedad (el 80%), seguidos muy de lejos por los delitos contra las personas (6%), contra la seguridad colectiva (6%) y contra la libertad sexual (1%). Los delitos más graves y que pueden generar más alarma social, son los menos frecuentes. El perfil medio de la persona que ha cometido un delito y se encuentra en prisión no es mayoritariamente el caso de un violador o un asesino, por el contrario la inmensa mayoría de los delitos cometidos por la población penada, según los datos que proporciona la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, tienen que ver con delitos contra la propiedad y la salud pública. En la base de unos y otros se sitúa la cuestión de las drogas y las consecuencias que acarrean, algo que probablemente requiera soluciones más cercanas a los tratamientos de desintoxicación, acompañados de programas de mediación y atención a las víctimas y muchas menos soluciones de tipo carcelario que lejos de trabajar sobre las causas para eliminar el problema de fondo, no hacen sino aumentarlo y exacerbarlo.

Más allá de esta obviedad: que la cárcel sirve para encarcelar y que se encarcela cada vez más, hemos de reconocer que la cárcel además de para los fines oficialmente proclamados de retención y custodia y de los sistemáticamente incumplidos de rehabilitación y reinserción del infractor, sirve esencialmente para profundizar y afianzar la ruptura con el mundo exterior de quienes ingresan en ella, para incrementar la desadaptación social y la desidentificación personal de las personas presas, para aumentar o provocar la desvinculación familiar y el desarraigo, y por supuesto, asumiendo el argumento cínico del mercado, para generar puestos de trabajo y alimentar una industria en crecimiento constante.

Es decir, junto a la existencia de una serie de funciones declaradas e incumplidas en la práctica: reinserción social, intimidación, protección; nos encontramos en cambio con otra serie de funciones que son las que realmente cumple la cárcel: amplifica las asimetrías sociales, promueve la sumisión de la ciudadanía a las normas, y colabora eficacísimamente en el proceso de construcción social de los delincuentes merced a la dinámica selectiva del sistema penal que, en pasos encadenado y sucesivos (normas penales selectivas; selección policial; selección del sistema judicial; y finalmente selección por parte de la cárcel que con sus normas y su sistema de funcionamiento interno acaba seleccionando a los que han de permanecer dentro de ella más tiempo), el resultado es que el 81,2% de los penados en 2003 estaban presos por robo y/o por delitos contra la salud pública.

Este carácter selectivo del sistema penal, hace que sea enormemente difícil de defender con argumentos objetivos, la pretendida bondad del encarcelamiento como medida para combatir el crecimiento en el número de delitos. El argumento según el cual, a medida que un mayor número de delincuentes son encarcelados, las cifras de delitos que se cometen tienden a descender, sencillamente no se corresponde con la realidad de los datos. Analizando la evolución de delitos conocidos y personas encarceladas nos encontramos que al menos hay tres momentos en los últimos catorce años en los que las curvas no se mueven de forma inversa, sino que un aumento de la población encarcelada se acompaña de un aumento del número de delitos, o bien un descenso de presos, se une a un decenso de los delitos.

Es verdad que todas estas cifras podrían estar hablándonos más claramente de las insuficiencias y miserias de las estadísticas policiales que de cualquier otra cosa, sin embargo, creo que sirven al menos para invalidar el argumento fácil que aconseja más represión y más cárcel como remedio de todos los males que aquejan a la inseguridad ciudadana. Con los datos de que disponemos actualmente, nada parece avalar esta receta. Si nos alejamos de nuestro contexto español, la situación que reflejan las estadísticas es más o menos similar, en un libro publicado recientemente en Estados Unidos por Michael Jacobson, sociólogo y antiguo responsable de las cárceles neoyorquinas, en el que se aboga por la reducción del sistema carcelario y se proporcionan estrategias reformistas encaminadas a reducir el crimen y acabar con la encarcelación de masas se estima que en el mejor de los casos, la experiencia americana de los últimos años demuestra que un 10% de aumento en el número de presos, vendría a significar apenas una reducción de los delitos de entre un 1,6% a un 3% (2005). Es decir, que como mínimo se trata de una solución bastante ineficiente en la lucha contra el crimen. Muy probablemente como se afirmaba en un estudio del Ministerio del Interior Británico, la cárcel es un sistema bastante caro de conseguir que los chicos malos se vuelvan aún peores.

En cuanto al origen social de las personas encarceladas, la cárcel moderna (como la vieja) sirve esencialmente para encerrar a las clases más desfavorecidas. En nuestro país, es difícil encontrar estudios que analicen el origen social de las personas presas y dispongan de datos empíricos fiables sobre el mismo. Pese a todo, tenemos un estudio de C. Manzanos (1991), que aunque es de hace unos años y se centra en las personas internas en cárceles del País Vasco y sus familias, tiene la ventaja de proporcionar una visión global e integrada de la sociodemografía carcelaria en conexión con una sociología de la marginación. Según los datos obtenidos en una encuesta que llevó a cabo entre 435 familias de personas que estaban o habían estado presos entre 1982 y 1989, el 46,7% de las personas presas referenciadas en la muestra no habían llegado a superar los estudios primarios, y sólo el 1.8% llegaron a la Universidad. El 61% carecía de experiencia laboral alguna. Y más de la mitad de los presos (51,2%) unía a esta falta de experiencia laboral, una desescolarización temprana que les impidió completar los estudios primarios. Es decir, las personas presas se reclutan masivamente entre la población joven desempleada y sin estudios. Otro dato adicional que da idea de las dificultades de integración social padecidas por las personas encarceladas, es el que se refiere a la institucionalización infantil. Si bien únicamente el 0,4% de los menores de 14 años en el País Vasco se encontraban en instituciones de acogida, en cambio, hasta un ¡25,4%! de los presos de la muestra habían vivido durante su infancia la experiencia de haber sido institucionalizados. Por lo que se refiere al nivel de ingresos del hogar, Manzanos encontró que un 49,5% de las familias de los presos vivían en situación de pobreza (el 29,5% de sus hogares contaban con unos ingresos mensuales comprendidos entre 40 y 79.000 pts) o miseria (menos de 40.000 pts). E incluso cuando se utilizaban las líneas de pobreza, algo más estrictas, que se habían empleado en los estudios generales sobre pobreza económica realizados en el País Vasco en aquellas fechas por el Dpto. de Trabajo del Gobierno Vasco, entonces la práctica totalidad de las familias afectadas por la pena de prisión (el 98,6%) caían por debajo del umbral de pobreza, entendida ésta como ?los ingresos mínimos necesarios para llegar a fin de mes?. De ellas, el 64% estaban en situación de estricta miseria económica, siendo así que esta situación afectaba únicamente al 5% de todos los hogares de la CAV. La cárcel se nutre esencialmente de los miembros de las familias más pobres de la sociedad. La penalización de la miseria adquiere así todo su significado. Más aún si tenemos en cuenta que una de cada cuatro de aquellas familias de presos (25%) tenía más de un familiar preso o arrastrando problemas penales.

Naturalmente esto no significa afirmar que la criminalidad sea un patrimonio de las clases desfavorecidas, sino reconocer el filtro que ejercen las instituciones de control, persecución y sanción carcelaria del delito. Hasta el punto de que, sencillamente, para la policía y los jueces, pasan desapercibidas (no se ven), otras formas de delincuencia que son más frecuentes entre las clases sociales más altas (los llamados delitos de cuello blanco), que o bien no se persiguen con el mismo ardor, o, finalmente, no se llegan a castigar con penas de prisión. El resultado de todo ello es que la cárcel acaba siendo un destino que abre sus puertas casi en exclusiva para atrapar a los miembros de los hogares pobres y excluidos.

Extracto de una ponencia de Pedro José Cabrera, Profesor de la Universidad Pontifica de Comillas.

La Nueva Justicia y la palabra del EZLN

SEMINARIO INTERNACIONAL DE REFLEXIÓN Y ANÁLISIS



La nueva justicia y la palabra del EZLN.
Bárbara Zamora

En el marco jurídico nacional y en la legislación internacional, se han establecido derechos para todos los seres humanos entre los cuales está el derecho a la justicia; justicia que debe ser impartida por tribunales independientes cuyas resoluciones deben emitirse de manera pronta, completa, imparcial y gratuita por jueces independientes e imparciales.

Este derecho a la justicia se encuentra establecido en el artículo 17 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos; el artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; el artículo 14.1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el artículo XVIII de la Declaración Americana sobre Derechos y Deberes del hombre; el artículo 8.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos.

A pesar de lo que ordenan estas legislaciones tanto nacionales como internacionales, lo que ocurre en la realidad es algo totalmente diferente y no tiene nada que ver con el ideal de justicia que señalan estos instrumentos jurídicos.

El problema esencial es que la justicia ya no está dirigida a restablecer la armonía, quizá porque en nuestra época ya no tenemos una idea de lo que significa el Orden y la Armonía.

La justicia y su aplicación están íntimamente ligadas a la noción de delito. De aquello que los hombres consideran un delito, podemos hacernos una idea de lo que es la justicia para un grupo de hombres o para una sociedad.

Es evidente que hoy ya no se legisla para tratar de mantener el orden del mundo, el difícil equilibrio que rige todas las cosas, sino para restablecer o proteger los intereses y los valores que han pactado un grupo de hombres o una sociedad.

Cuando un delito es abolido significa que esa sociedad ya no reconoce en él una transgresión a sus valores o a los fundamentos que tejen sus estructuras, sus instituciones o sus intereses. Si un delito es abolido significa que ya no atenta contra el equilibrio de la sociedad, pues ese equilibrio se ha desplazado hacia otros lugares.

Por ejemplo, se suprimen delitos como el adulterio y la difamación; en cambio se tipifica como conducta delictiva el reclamo de un derecho calificándola como terrorismo, creando estados de excepción donde todos los derechos y libertades están limitados, condicionados o anulados por la violencia de las fuerzas militares y policiales.

La gran similitud de la reforma constitucional penal mexicana con la ley antiterrorista española y la ley patriótica de Estados Unidos, nos demuestra que las leyes se globalizan y obedecen a los intereses de los gobiernos.

Es por ello que ya no reconocemos a las instituciones judiciales de nuestro país o del mundo, porque ya no nos reconocemos en el orden que nos proponen, en los hilos que tejen la comunidad de la que pretenden hacernos parte. Esa justicia es ilegitima porque el tipo de universo que protege no es el que nosotros hemos imaginado, ni el que nosotros hemos pactado.

La justicia es impuesta y aplicada por aquellos que tienen el poder, es el reflejo del mundo tal y como ellos lo conciben. Esta es la razón por la que una gran mayoría de la población, la más pobre, siempre se ha sentido excluida o atacada por esa justicia, pues en el orden del mundo que ésta trata de proteger, ellos están ausentes, o son considerados como enemigos. Las penas y los castigos están destinados a conservar una estructura social; son un procedimiento, un mecanismo político, para mantener el orden impuesto desde el poder.

En suma, en los tribunales no se administra justicia, solo se aplican las leyes y además se hace de manera discrecional y con criterios políticos. Ejemplos de ellos tenemos muchos: los mineros de Pasta de Conchos, los colonos de Lomas del Poleo, los presos de Atenco, los muertos y los presos de Oaxaca, los mineros de Cananea, los electricistas del SME, los niños quemados en la guardería de Sonora, las familias asesinadas por los militares en los retenes, los ejidatarios de San Pedro Tultepec, los comuneros de San Miguel Xoltepec, la comunidad de Santa Cruz Atizapán, la comunidad de San Agustín, el ejido Playa Limón. los comuneros de Ocotepec.

Esta comunidad de Ocotepec, hizo valer su derecho a elegir sus autoridades internas como es el comisariado de bienes comunales mediante usos y costumbres, como lo había venido haciendo siempre; sin embargo, con una resolución ignominiosa y cantinflesca, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, determinó que esta actividad, es decir la de elegir a su comisariado “no puede formar parte del ejercicio de libre determinación de las comunidades indígenas, ya que en caso de realizar tales actividades las comunidades indígenas, se correría el riesgo de quebrantar la unidad nacional”

Por todas estas razones es que ahora debemos hablar de una nueva justicia y primero tenemos que interrogarnos sobre la experiencia política que debe sustentarla ¿Qué es una experiencia política? Es la experiencia del vínculo entre los hombres, un vínculo que crea una comunidad entre ellos. La dimensión y la profundidad política de una sociedad están íntimamente relacionadas con el tipo de vínculo que han establecido los hombres que la conforman.

Hay que preguntarnos, ¿cuál es el vínculo que hoy nos une como sociedad? ¿cuál es la expresión de nuestra experiencia política? Probablemente no existe. No son sin duda, las elecciones. No son las leyes que hoy rigen al país. No es, como quieren hacernos creer, el combate a la delincuencia organizada o al terrorismo. El vínculo que había ente nosotros se ha roto y, al romperse, se anuló toda posibilidad de justicia.

Después de la Revolución mexicana, nuestro vínculo fue la Constitución de 1917. Es decir, nuestra experiencia política y, con ello, nuestra experiencia de la justicia, estaba fundada en este libro, en la palabra. Hoy esa Constitución ya no existe. Y aún, si existiera. Ya no sería lo suficientemente fuerte para renovar los vínculos que se han roto entre nosotros.

En el caos que hoy se ha instaurado, debemos imaginar nuevos vínculos entre nosotros. Tal vez necesitamos algo más que una revolución, porque una revolución solo sirve para derrocar temporalmente a una persona o a un gobierno.

Pero nuestra revolución debe servir para forjar una nueva armonía, para imaginar y construir los vínculos políticos sobre los que se tejerá la nueva sociedad que nazca de ella.

Una revolución cuyo único objetivo sea derrotar al poder en turno, forjará una experiencia política basada en la persecución, en la sangre y en el terror. Y ese será el tipo de relación que establecerán los hombres nacidos de ese movimiento político extremo.

Un universo en fragmentos, como el nuestro, es decir un universo donde la experiencia política entre los individuos de una comunidad se ha roto, es un lugar donde la relación entre el hombre y su lengua también se ha hecho pedazos. Por que la justicia es el cuidado de ese vínculo ligerísimo que une todas las cosas del universo, y que ante todo- une las palabras, los actos y los hombres.

¿Qué es una nueva justicia? Quizá no deberíamos buscar una nueva justicia, sino la reparación de los vínculos que la justicia se encargaba de proteger y de mantener unidos.

Ahora nos enfrentamos a una doble tarea. Crear un nuevo vínculo entre nosotros –una experiencia política de otro orden- y crear una nueva forma de protegerla.

No podemos imaginar la forma de proteger el vínculo que nos teje a nosotros como comunidad o como país, es decir, no podemos imaginar una nueva justicia, si antes no hemos forjado un nuevo vínculo.

El sueño de una nueva justicia se sostiene sobre la fe en ese sueño. Si no es un sueño colectivo, si no es un sueño que penetre los párpados de todos, el despertar seguirá siendo sangriento. Porque ¿cómo proteger un sueño que no compartimos? Habrá que soñar una justicia que no pase por los castigos físicos, ni por las prisiones, ni por la pena de muerte, ni por la confinación en centros de higiene pública, ni por la condena de los instintos o de los deseos.

Sin embargo, tal vez, un nuevo vínculo ha nacido entre nosotros y ese vínculo –que une a personas que hablan distintas lenguas, de diversos países, de culturas diferentes, personas que aparentemente nada comparte- es la palabra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Una palabra que no destruye, sino que a su paso va curando todas las heridas del mundo, recogiendo cada fragmento hasta reparar –con esa nueva violencia- todos los vínculos que el hombre ha olvidado o ha destruido.

Seguir llenando el lenguaje de lamentos es destruir el delicado vínculo que ahora nos convoca y que, quizá, nos une.

Como ha hecho el EZLN, como hacen los verdaderos poetas, nosotros tenemos que transformarnos en palabras, y así, como en los altos poemas, combatir alegremente. Y también imaginar una nueva violencia, una violencia que cuide de la vida, para que nuestro sueño no se evapore en medio de una noche de sangre.

"Los nuevos muros de la prision global" John Berger

"Los nuevos muros de la prisión global"
John Berger.
La extraordinaria poeta estadounidense Adrienne Rich dijo hace poco en una conferencia que: "Un informe elaborado este año por la Oficina de Estadísticas de Justicia revela que una de cada 36 personas que habitan el territorio estadounidense está detrás de las rejas –muchas de ellas en la cárcel, sin condena".


En esa misma charla citó al poeta griego Yannis Ritsos:
"En el campo la última golondrina se había demorado 
Suspendida en el aire como una cinta negra en la manga del otoño
No quedaba nada. Sólo las casas quemadas ardiendo quietas".

Apenas atendí el teléfono, supe que eras vos llamándome inesperadamente desde tu departamento en la Via Paolo Sarpi. (Dos días después de los resultados electorales y el retorno de Berlusconi.) La velocidad con que identificamos una voz familiar surgida de buenas primeras resulta reconfortante aunque a la vez un poco misteriosa. Porque las medidas, las unidades que empleamos para calcular la clara distinción que hay entre una voz y otra no tienen ni fórmula ni nombre. No tienen un código. En estos tiempos, todo se vuelve cada vez más codificado.
De ahí que me pregunte si no habrá otras medidas, también sin codificar pero precisas, para poder calcular otras presunciones.

Por ejemplo, la dimensión de libertad circunstancial que existe en una situación dada, su alcance y sus límites estrictos. Los presos se vuelven expertos en esta cuestión. Desarrollan una sensibilidad especial respecto de la libertad, no como principio, sino como sustancia granular. Detectan casi inmediatamente fragmentos de libertad apenas éstos aparecen.

En un día normal, de ésos en que no está pasando nada y las crisis anunciadas a cada hora son las viejas conocidas –y los políticos se presentan como la única alternativa posible a la CATASTROFE – las personas cuando se cruzan intercambian miradas para verificar si los otros estarán pensando lo mismo al decirse para sus adentros: ¡Esto es la vida, entonces!

Generalmente, están pensando lo mismo y en ese instante de experiencia compartida nace una especie de solidaridad anterior a todo lo que pueda decirse o hablarse.

Estoy buscando las palabras para describir el período de la historia que vivimos. Decir que es sin precedente significa muy poco porque todas las épocas han sido sin precedente ¡desde que se descubrió la Historia!

No estoy buscando una definición compleja del período que estamos atravesando –hay muchos pensadores, como Zygmunt Bauman, embarcados en esa tarea esencial. Lo que yo busco no pasa de ser una imagen figurativa que sirva como signo distintivo. Los signos distintivos no se explican totalmente a sí mismos pero ofrecen un punto de referencia susceptible de ser compartido. En eso se parecen a los supuestos tácitos contenidos en los dichos populares. Sin puntos de referencia, se corre el gran riesgo humano de dar vueltas en círculo.

El signo distintivo que encontré es la prisión. Nada menos. A lo largo y a lo ancho del planeta, estamos viviendo en una prisión.

Como el término "nosotros", tanto impreso como pronunciado en las pantallas, se ha vuelto sospechoso desde que lo emplean continuamente quienes están en el poder en la afirmación demagógica de que también hablan en nombre de aquellos a los que se niega el poder, hablaremos de nosotros como "ellos". "Ellos" están viviendo en una prisión. ¿Qué clase de prisión?

¿Cómo está construida? ¿Dónde está? ¿O sólo estoy usando la palabra como figura del discurso?

No, no es una metáfora, el encarcelamiento es real, pero para describirlo debemos pensar históricamente.

Qué clase de prisión?
Michel Foucault mostró gráficamente que la penitenciaría fue un invento de fines del siglo XVIII, comienzos del XIX, estrechamente ligado a la producción industrial y a sus fábricas y su filosofía utilitaria. Anteriormente, había prisiones que eran prolongaciones de la jaula y de la mazmorra. Lo que distingue a la penitenciaría es la cantidad de presos que puede alojar, y el hecho de que todos están bajo vigilancia permanente –gracias al modelo del Panóptico, concebido por Jeremy Bentham, quien introdujo el principio de la contabilidad en la ética.

La contabilidad requiere que se lleve un registro de cada transacción. De ahí las paredes circulares de las penitenciarías, las celdas distribuidas en círculos y la torre de observación giratoria en el centro. Bentham, que fue tutor de John Stuart Mill a comienzos del siglo XIX, fue el principal apólogo utilitarista para el capitalismo industrial.

Hoy, en la era de la globalización, el mundo está dominado por el capital, no industrial, sino financiero, y los dogmas que definen la criminalidad y la lógica del encarcelamiento han cambiado radicalmente. Las penitenciarías todavía existen y se construyen cada vez más y más. Pero las paredes de la prisión ahora sirven ropósitos diferentes. Ha habido una transformación en lo que constituye el área de encarcelamiento.

Hace veinticinco años Nella Bielski y yo escribimos Cuestión de geografía, una obra sobre el Goulag. En el Acto Segundo, un Zek (preso político) le habla a un muchacho que acaba e ingresar sobre sus posibilidades de opción, sobre los límites de lo que se puede elegir en un campo de trabajos forzados.

Cuando vuelves arrastrándote de un día de trabajo en la taiga, cuando te traen marchando de regreso, medio muerto de cansancio y de hambre, te dan una ración de sopa y pan. Con la sopa no hay opción –hay que tomarla mientras está caliente o mientras está por lo menos tibia. Con los 400 gramos de pan puedes optar. Por ejemplo, puedes cortarlo en tres trozos pequeños: uno para comer ahora con la sopa, otro para llevarte a la boca antes de dormirte en tu litera, y el tercero para guardarlo hasta la mañana siguiente a las diez, cuando estás trabajando en la taiga y sientes el vacío de tu estómago como una piedra.

Vacías una carretilla llena de piedras. En cuanto a empujar la carretilla hasta la pila no tienes opción. Ahora, cuando está vacía puedes optar. Puedes regresar con la carretilla como llegaste o –si eres inteligente, y la supervivencia te vuelve inteligente – la empujas así, casi vertical. Si optas por esta segunda forma les das un descanso a tus hombros. Si eres un Zek y te designan jefe de equipo, tienes la opción de jugar a que eres un matón, o no olvidar nunca que eres un Zek.

El Goulag ya no existe. Millones de personas continúan sin embargo trabajando en condiciones que no son muy diferentes. Lo que cambió es la lógica forense aplicada a trabajadores y criminales.

En la época del Gulag, los presos políticos, clasificados como criminales, eran reducidos a esclavos trabajadores. En la actualidad, millones de trabajadores brutalmente explotados están siendo reducidos al estatus de criminales.

La ecuación del Gulag: criminal = trabajador esclavo fue reescrita por el neoliberalismo para convertirse en t rabajador = criminal oculto. El drama de la migración global se expresa en esta nueva fórmula: los que trabajan son criminales latentes. Cuando se los acusa, son hallados culpables de tratar, a toda costa, de sobrevivir.

Quince millones de mexicanos, hombres y mujeres, trabajan en Estados Unidos sin papeles, siendo por ende ilegales. Un muro de hormigón de 1.200 km y una muralla "virtual " de 1.800 torres de observación, están siendo proyectados sobre la frontera entre Estados Unidos y México. Se encontrarán por supuesto formas –todas ellas peligrosas – de eludirlos.

Entre el capitalismo industrial, que dependía de la manufactura y las fábricas, y el capitalismo financiero –dependiente de la especulación del libre mercado y los encargados de compras y ventas (las transacciones financieras especulativas ascienden cada día a 1, 3 billón de dólares; 50 veces más que la suma de los intercambios comerciales)– el área de encarcelamiento cambió. La prisión es ahora tan grande como el planeta y las zonas que tiene asignadas varían y pueden expresarse como lugar de trabajo, campo de refugiados, centro comercial, periferia, ghetto, complejo de oficinas, favela, suburbio. . . Lo esencial es que los reclusos en estas zonas, son compañeros de prisión.

Estamos en la primera semana de mayo y en las laderas y las montañas, sobre las avenidas y alrededor de los portales, en el hemisferio norte, las hojas de los árboles están cayendo. No sólo siguen siendo claras todas sus diferentes variedades de verde sino que la gente también tiene la impresión de que cada hoja es distinta, y es así como descubre, no billones (el dólar corrompió el término), una multitud infinita de hojas nuevas.

Para los prisioneros, los pequeños signos visibles de la continuidad de la naturaleza siempre fueron, y continúan siendo, un estímulo secreto.

Hoy el objetivo de la mayoría de los muros de la prisión (hormigón, electrónicos, patrullados o para interrogatorios) no es guardar a los prisioneros y corregirlos, sino mantener a los reclusos "apartados" y excluirlos.

La mayoría de los excluidos son anónimos –de ahí la obsesión de todos los efectivos de seguridad con la identidad. También son incalculables. Por dos razones. Primero porque su número fluctúa; cada hambruna, desastre natural e intervención militar (¡ahora lo llaman gestión policial!) los hace disminuir o aumentar. Y, en segundo lugar, porque evaluar su número implica confrontar la verdad de que constituyen la mayor parte de los que viven en la superficie de la tierra –y enfrentarlo es caer en el absurdo más absoluto.

Seguramente todos lo habrán notado –los productos pequeños son cada vez más difíciles de sacar de su envase. Algo similar ha sucedido con las vidas de los empleados que ganan bien. Aquellos que tienen un empleo legal y no son pobres viven en un espacio muy reducido que les permite cada vez menos y menos opciones –salvo la alternativa binaria continua de obediencia y desobediencia. Sus horarios de trabajo, su lugar de residencia, sus habilidades y su experiencia anteriores, su salud, el futuro de sus hijos –todo, exceptuando su función como empleados – ha adquirido un segundo lugar insignificante al lado de las exigencias enormes e impredecibles delBeneficio Neto . Más aún, la Rigidez de esta norma de la casa se llama Flexibilidad . En la prisión, las palabras se dan vuelta patas para arriba.

La presión alarmante de las condiciones de trabajo en puestos elevados obligó hace poco a la justicia de Japón a reconocer y definir una nueva categoría forense de "Muerte por exceso de trabajo".

No hay otro sistema posible, se les dice a los que ganan bien. No hay alternativa. Tome el ascensor. El ascensor es tan pequeño como una celda.

"Les peuples n'ont jamais que le degré de liberté que leur audace conquiert sur la peur" Stendhal.
Los pueblos nunca tienen otro grado de libertad que el que su audacia conquista al miedo)
Observo a una niña pequeña de cinco años tomando su clase de natación en una pileta municipal cubierta. Lleva un traje de baño azul marino. Sabe nadar y sin embargo todavía no tiene confianza suficiente para nadar sola sin ayuda. La instructora la lleva a la parte profunda de la pileta. La chiquita va a saltar al agua aferrándose a una barra larga que la profesora le extiende. Es una forma de superar su miedo al agua. Ayer hicieron lo mismo. Hoy ella quiere que la niña salte sin sostenerse de la barra. ¡Uno, dos, tres! La chiquilla salta pero a último momento toma la barra. Ni una palabra. Una débil sonrisa pasa entre la mujer y la niña. La chiquita, desenvuelta, la mujer, paciente.

La chiquita se trepa por la escalera para salir de la pileta y vuelve al borde. ¡Déjeme saltar otra vez!, exclama. La mujer asiente. La niña toma aire ruidosamente y salta, con las manos al costado, sin agarrarse de nada. Cuando sube nuevamente a la superficie, la punta de la barra está allí, frente a su nariz. Da dos brazadas hasta la escalera sin tocar la barra. ¡Bravo!

En ese instante que la niña saltó sin la barra, ninguna de las dos estaba en la prisión.

Analicemos la estructura de poder de este mundo sin precedente que nos rodea, y cómo funciona su autoridad. Cada tiranía encuentra e improvisa su propio juego de controles. Por eso a menudo, al principio, no son reconocidos como los controles viciosos que son. Las fuerzas del mercado que dominan el mundo afirman que son inevitablemente más fuertes que cualquier Estado-nación. La afirmación es corroborada a cada minuto. Desde una llamada telefónica no solicitada para convencer a un abonado de que contrate un seguro de salud o una jubilación privada, hasta el ultimátum más reciente de la Organización Mundial de Comercio.

El resultado es que la mayoría de los gobiernos no gobiernan. Un gobierno ya no avanza hacia el destino que eligió. La palabra horizonte, con su promesa de futuro anhelado, ha desaparecido del discurso político tanto en la derecha como en la izquierda. Lo único que queda para debatir es cómo medir lo que hay. Las encuestas de opinión reemplazan el rumbo y reemplazan el deseo.
La mayoría de los gobiernos no guían, juntan el rebaño. (En el argot carcelario estadounidense, uno de los muchos términos para los carceleros es pastores).

En el siglo XVIII, el encarcelamiento durante mucho tiempo fue definido con tono aprobador como "muerte cívica". Tres siglos más tarde, los gobiernos están imponiendo por la ley, la fuerza, las amenazas económicas y toda su batahola, regímenes masivos de "muerte cívica".

Vivir bajo cualquier tiranía, ¿no era acaso en el pasado una forma de encarcelamiento? No en el sentido que estoy describiendo. Lo que se vive hoy es nuevo debido a su relación con el espacio.
Es aquí donde el pensamiento de Zygmunt Bauman resulta esclarecedor. El señala que las fuerzas corporativas del mercado que dirigen ahora el mundo son "extraterritoriales", o sea, "libres de las limitaciones territoriales, las limitaciones de la localidad". Son constantemente remotas, anónimas y por lo tanto nunca deben tener en cuenta las consecuencias físicas, territoriales de sus acciones. Cita a Hans Tietmeyer, presidente del Banco Federal de Alemania: "El desafío actual es crear condiciones favorables para la confianza de los inversores". La única prioridad suprema.

Así, la tarea asignada a los gobiernos nacionales obedientes es el control de las poblaciones mundiales, formadas por los productores, los consumidores y los pobres marginados.
El planeta es una prisión y los gobiernos obedientes, a sean e izquierda o de derecha, son los pastores.

El sistema carcelario opera gracias al ciberespacio. El ciberespacio otorga al mercado una velocidad de intercambio que es casi instantánea, y que es utilizada en todo el mundo de día y de noche para negociar. Con esta velocidad, con esta rapidez, la tiranía del mercado adquiere su licencia extraterritorial. Dicha velocidad, sin embargo, tiene un efecto patológico en sus usuarios; los anestesia. Pase lo que pase, Business As Usual.

En esa velocidad no hay lugar para el dolor: participaciones del dolor quizá, pero no su padecimiento. La condición humana queda, pues, eliminada, excluida, de quienes operan el sistema. Los operadores están solos por ser completamente desalmados.

Antes, los tiranos eran crueles e inaccesibles, pero eran vecinos que estaban sujetos al dolor. Ya no es así y a largo plazo ésa será la falla fatal del sistema.
Las altas puertas vuelven a cerrarse 
Estamos en el patio de la prisión 
En una nueva estación. 
Tomas Transtömer

Ellos (nosotros) son compañeros de prisión. Ese reconocimiento, más allá del tono de voz en que sea enunciado, contiene un rechazo. En ningún lugar como en la prisión el futuro es calculado y esperado como algo totalmente opuesto al presente. Los encarcelados nunca aceptan el presente como definitivo.

Entretanto, ¿cómo vivir este presente? ¿Qué conclusiones sacar? ¿Qué decisiones tomar? ¿Cómo actuar? Tengo algunas pautas para sugerir, ahora que el punto de referencia ya está establecido.

De este lado de los muros la experiencia es escuchada, a ninguna experiencia se la considera obsoleta. Aquí se respeta la supervivencia y es un lugar común que la supervivencia a menudo depende de la solidaridad entre los compañeros de prisión. Las autoridades lo saben: de ahí su uso del confinamiento solitario, ya sea a través del aislamiento físico o su manipulador lavado de cerebro, mediante el cual las vidas individuales son aisladas de la historia, de la herencia, de la tierra y, por sobre todo, de un futuro en común.

Ignoremos el palabrerío del carcelero. Naturalmente, hay carceleros malos y carceleros menos malos. En determinadas condiciones, es útil notar la diferencia. Pero lo que dicen –aun los menos malos – es una basura. Sus himnos, sus lemas, sus palabras mágicas como Seguridad, Democracia, Identidad, Civilización, Flexibilidad, Productividad, Derechos Humanos, Integración, Terrorismo, Libertad, son repetidos incesantemente para confundir, dividir, distraer y sedar a todos los compañeros de prisión. De este lado de los muros, las palabras dichas por los carceleros carecen de sentido y ya no son útiles para el pensamiento. No atraviesan nada. Hay que rechazarlas aun cuando se piensa en silencio para sí mismo.

En cambio, los prisioneros se sirven de un vocabulario propio para pensar. Muchas palabras son mantenidas en secreto y muchas son locales, con innumerables variaciones. Palabras y frases pequeñas, pequeñas pero cargadas de un mundo, como: Yo te mostraré cómo, a veces me pregunto, pajarillo, algo pasa en el sector B, desvalijado, guardate este aro, murió por nosotros, dale, etc.

Entre los compañeros de prisión hay conflictos, a veces violentos. Todos los prisioneros están marginados; aunque existen distintos grados de marginación y las diferencias de grado provocan envidia. De este lado de los muros la vida es mezquina. El hecho de que la tiranía global no tenga rostro alienta las cacerías para encontrar chivos expiatorios, para encontrar enemigos definibles instantáneamente entre los otros prisioneros. Las celdas asfixiantes se transforman así en manicomio. Los pobres atacan a los pobres, los invadidos saquean a los invadidos. A los compañeros de prisión no hay que idealizarlos.

Sin idealización, tomar nota simplemente de lo que tienen en común –que es su sufrimiento innecesario, su resistencia, su malicia – resulta más significativo, más elocuente, que aquello que los separa. Y a partir de esto, nacen nuevas formas de solidaridad. Las nuevas solidaridades comienzan con el reconocimiento muto de las diferencias y de la multiplicidad. ¡Esto es la vida entonces! Una solidaridad, no de masas sino de interconexión, mucho más apropiada para las condiciones de la vida en prisión.

Las autoridades se esfuerzan sistemáticamente al máximo por mantener a los compañeros de prisión desinformados acerca de lo que está pasando en otras partes de la prisión mundial. No adoctrinan, en el sentido agresivo de la palabra. El adoctrinamiento queda reservado para entrenar a la pequeña elite de responsables de las transacciones de compra y venta y los expertos en gestión y mercados. Para la masa de la población carcelaria el objetivo es no activarla, sino mantenerla en un estado de incertidumbre pasiva, recordarle sin remordimiento que en la vida no hay nada más que riesgo y que la tierra es un lugar inseguro.

Esto se realiza gracias a una información cuidadosamente seleccionada, con desinformación, con comentarios, rumores, ficciones. Mientras la operación es exitosa, propone y mantiene una paradoja alucinante, pues engaña a una población carcelaria haciéndole creer que la prioridad para cada uno de ellos es tomar medidas destinadas a propia protección personal y adquirir de alguna manera, pese a estar encarcelados, su exención particular del destino común.

La imagen de la humanidad, tal como la transmite esta visión del mundo, es una vez más sin precedente. La humanidad es presentada como cobarde; sólo los ganadores son valientes. Además, no hay dones; solamente hay premios.

Los prisioneros siempre han encontrado una vuelta para comunicarse entre sí. En la prisión global actual el ciberespacio puede ser utilizado en contra de los intereses de quienes en un primer momento lo instalaron. De esa manera, los prisioneros se informan sobre lo que el mundo hace cada día y rastrean historias eliminadas del pasado y así se mantienen hombro a hombro con los muertos.
Al hacerlo, redescubren pequeños dones, ejemplos de coraje, una rosa solitaria en una cocina donde la comida no alcanza, dolores indelebles, lo infatigable de las madres, la risa, la ayuda mutua, el silencio, la resistencia cada vez más amplia, el sacrificio voluntario, más risa. . .
Los mensajes son breves, pero se extienden en la soledad de sus (nuestras) noches.
La sugerencia final no es táctica sino estratégica.

El hecho de que los tiranos del mundo sean extraterritoriales explica el alcance de su poder de vigilancia aunque también señala su debilidad futura. Operan en el ciberespacio y moran en condominios cerrados. No tienen ningún conocimiento de la tierra que los rodea. Más aún, desprecian ese conocimiento por superficial y sin profundidad. Sólo cuentan los recursos extraídos. No saben escuchar a la tierra. En la superficie son ciegos. A nivel local están perdidos.
Para los compañeros de prisión es justo al revés. Las celdas tienen paredes que se tocan a lo largo y a lo ancho del mundo. Los gestos eficaces de resistencia sostenida están integrados a lo local, cercano y lejano. La resistencia interior, escuchar a la tierra. La libertad está siendo lentamente encontrada no afuera sino en las profundidades de la prisión.

No sólo reconocí inmediatamente tu voz, hablando desde tu departamento de la Via Paolo Sarpi, también pude adivinar, a través de tu voz, cómo te sentías. Percibí tu exasperación o, más bien, una resistencia exasperada, unida –y eso es algo tan típico en vos – a los pasos presurosos de nuestra próxima esperanza.
 

Denuncia de Alberto Patishtan desde Sinaloa

A la Opinión Pública
A los Medios de Comunicación estatal, nacional e internacional
A los medios alternativos
A los Adherentes de la Otra Campaña
A la Sexta internacional
A las organizaciones independientes
A los defensores de los derechos humanos

Preso Político de la “Voz del Amate” Alberto Patishtan Gómez adherente de la otra campaña del EZLN. Recluido en el Cefereso no. 8 Nor-Poniente Guasave Sinaloa.


Las muertes de inocentes, las desapariciones y los encarcelamientos injustos en México no cesan, actualmente solo vemos los grandes índices de violaciones a los derechos humanos ocasionados por las autoridades federales y estatales y lo más triste, lamentablemente, cruel e inhumano es cuando se le violan sus derechos aun preso inocente y enfermo como es lo siguiente.

A casi 2 años el Gobernador de Chiapas Juan Sabines Guerrero declaró públicamente mi inocencia y se comprometió liberarme, dicho compromiso quedo en palabras y nada de Hechos esto ocurrió en su visita cuando estuve internado en el Hospital Vida Mejor a causa de mi enfermedad de glaucoma, ahora con esta declaración y de este padecimiento de la perdida de mis ojos, fui víctima de un traslado de Chiapas a Gusave Sinaloa por motivos que la “Voz del Amate” y solidarios de la “Voz del Amate” nos declaramos en Huelga de Hambre, ayuno y plantón con el fin de reclamar justicia por nuestro encarcelamiento injustos que esto suscito a finales de septiembre y mediados de noviembre y el traslado violento suscito el 20 de octubre del año pasado, actualmente a 3 meses y tantos días de mi estancia en el Cefereso, en el Médico del Centro y las autoridades han ignorado mi enfermedad y el tratamiento por lo que la situación es crítico y por cualquier situación fatal que sucediera en perder mi vista hago responsabilizar a las autoridades federales, por lo cual pido y exijo a las autoridades que tomen cartas en el asunto de esta denuncia, por otro lado exhorto al presidente de la república Felipe Calderon Hinojosa a mi libertad inmediata e incondicional conjuntamente con los solidarios de la Voz del Amate por los encarcelamientos injustos.

Por ultimo invito a pueblo de México y el mundo a estar pendientes del caso, a la vez sumarse por el reclamo de Justicia y Libertad.

FRATERNALMENTE

La Voz del Amate

Firma
Alberto Patishtan Gómez

Vivir o Morir por la Verdad y la Justicia

Desde el Norte del país, Cefreso No. 8 Guasave Sinaloa a 28 de enero de 2012.

Enlaces






Red Contra La Represion




Asociacion Espoir Chiapas / Esperanza Chiapas


Libertad a Mumia Abu Jamal




Chiapas Denuncia Pública



 Movimiento por la paz con justicia y dignidad



Solidaridad Chiapas


La Otra Fresnillo

Grupo de Apoyo a la Zona Costa

Libérons-les!